Esta historia nace una mañana de verano de penetrante calor. De esas que nada parece saciar el fuego del intenso desierto. Yo yacía en mi humilde aposento durmiendo y descansando, cuando algo pareció turbar mi sueño.
Algo rebotaba en mí, pero la cama me abrazaba tanto que no podía ni siquiera abrir mis ojitos para ver que era lo que estaba entorpeciendo mi descanso. Luego de más o menos quinientos masajes reductores en mis extremidades inferiores, abrí los ojos cual película de terror “Martes 13” para terminar con aquella cosa que no me permitía seguir soñando apaciblemente. Cuando vislumbro, entre la claridad de mi habitación, aquel animalito de Dios; tan molesto como inofensivo, tan pequeño como destructor, tan hermoso…si su oruga se hubiese convertido en mariposa, vale la aclaración.
Una polilla, una desagradable polilla.Y con un tamaño considerable.
La miro, me mira… (creo).
Y dije: - Ella o yo.
Me puse en campaña, fui a la cocina y busqué el invencible repasador. Ese que cuando estás en combate es un látigo mortal.
Pero para mi sorpresa mi contrincante había desaparecido.
“No me vas a ganar, pensé” y procedí a encender el ventilador.
Las paletas a gran velocidad parecieron asustarla y de repente volvió al ruedo. Pero al querer alzarme sobre ella, algo pareció interrumpir el impacto ¡¡¡Por supuesto, el ventilador había efectuado un correcto y sagaz movimiento y me había quitado el arma que había podido fabricar!!!
Ahí me di cuenta… ¡¡ es un complot!!
Ya no seriamos uno contra uno, sino dos contra uno. Pero sabía que a pesar de ser minoría aún era un ser pensante (ya que me lo había afirmado Aristóteles en uno de los cuatrimestres de la carrera). En un instante el complot que habían efectuado ambas había llegado a su fin, ya que el ventilador comenzó a jugarle en contra debido que quería escapar y el aire cada vez más enérgico la derribaba contra el suelo. Cada vez que intentaba levantar vuelo, volvía a caer. Hasta que logró posarse en unas de las paredes a una altura lo bastante considerable para que no la ataque fácilmente. En ese preciso instante, ya con una remera en mi cabeza, para que no me toque con sus pestilentes alas, y una blusa en la mano derecha; procedí a la heroica hazaña. Subí a mi cama y me alcé con el trapo sobre ella.
¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ F a t a l i t y ! ! ! ! ! ! ¡Había vencido! Su cadáver yacía junto a mi lecho, me dió un poco de lastima debo reconocer. Y ahí, cuando mi ser flaqueó, llegó la venganza. Al poner mi pie en la cerámica de mi habitación resbalé y caí cual morsa de Mundo Marino. Me desparramé, me reí, la miré y dije… bandera blanca, venciste!!!!
Aún hoy cuándo hay humedad siento las secuelas de aquel golpe. Aún hoy, cada vez que veo una polilla pienso mucho más de dos veces si matarla.
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